Javi Cano es un escalador de alto nivel que ha desarrollado su carrera entre la escalada deportiva y la escalada en roca tradicional, combinando proyectos de dificultad extrema con el encadenamiento de vías de noveno grado. Entre sus mayores logros destacan su ascenso de Underground, en Arco (Italia), y la primera ascensión de La Perla al Revés, en la Sierra de Gredos.
No hubo un único instante en el que su relación con la escalada cambiara para siempre. “Creo que no fue un momento exacto, sino una acumulación de sensaciones”, explica. Lo que empezó como una actividad para disfrutar y desconectar terminó convirtiéndose en su forma de vida, hasta el punto de que “llega un momento en el que organizas todo alrededor de entrenar, viajar y pensar en proyectos”.
El papel de su entorno cercano fue clave en sus inicios. Su hermano mayor, Juanjo, marcó el camino desde el principio. “Él veló por llevarme con seguridad por el buen camino y me enseñó el concepto del reto”, recuerda. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó cuando entendió algo más profundo: “El cambio real fue cuando entendí que incluso los días malos quería seguir escalando”.
Desde fuera, la escalada puede parecer un deporte ligado a la libertad y la naturaleza, pero la realidad es más dura y constante. “Hay una parte muy bonita de libertad, pero detrás hay rutina, lesiones, cansancio mental y renunciar a muchos planes”, explica. Cano insiste en que el esfuerzo invisible es enorme: “Entrenas durante meses para quizá caer en el mismo movimiento una y otra vez, y aún así vuelves al día siguiente”. En declaraciones a HA10, el escalador pone en valor todo el trabajo que permanece oculto tras cada ascensión.
A pesar de ello, no duda de la elección que ha hecho. “Me encanta, y es lo que mejor sé hacer, por lo que merece la pena dedicarle todos los días”, afirma. Esa mezcla de pasión y sacrificio sostiene una trayectoria en la que la constancia pesa tanto como el talento.
La diferencia entre la competición y la roca natural es, para él, absoluta. “Son casi dos mundos distintos”, resume. En el rocódromo todo está medido, controlado y estructurado, mientras que en la roca “la pared no te debe nada”. Para Cano, la comparación va más allá de lo técnico: “En competición luchas contra otros; en roca muchas veces luchas contra ti mismo”.
El crecimiento de la escalada hacia el circuito olímpico ha cambiado este deporte. “Se ha profesionalizado, ha ganado visibilidad y hay más recursos”, reconoce, aunque también advierte de un riesgo: “Existe la posibilidad de perder parte de la esencia más libre de la escalada”. Aun así, cree que ambos mundos pueden convivir si se respeta la identidad de cada uno.
La dimensión mental es uno de los aspectos más exigentes de esta disciplina. “A veces estás físicamente preparado, pero mentalmente te bloqueas porque te obsesionas con el resultado”, explica. Para Cano, la batalla más dura no está en los músculos, sino en la cabeza: “Hay que aprender a gestionar expectativas y la presión interna”.
El miedo también forma parte del recorrido. Ha vivido situaciones límite, especialmente en entornos extremos. “He tenido varios momentos donde sientes que una caída puede tener consecuencias reales”, admite. Recuerda con especial intensidad sus experiencias en Yosemite, donde pasó días en pared junto a su hermano: “Estás en modo supervivencia, todo se percibe distinto”.
El siete veces campeón de España asegura que uno de los aprendizajes más importantes de su carrera ha sido convivir con el fracaso. “Se aprende más de los proyectos que no salen que de los que encadenas rápido”, afirma. Para él, el error no es un obstáculo, sino una herramienta: “Si todo saliera a la primera, probablemente perdería gran parte del valor de este deporte”. Como explicó a HA10, esa capacidad para asumir el error ha sido determinante en su evolución como escalador.
Hoy, la escalada no es solo su actividad principal, sino también su forma de entender la vida. “El concepto de estilo de vida cuadra más que catalogarlo como un deporte normal”, resume. Entre viajes, proyectos y entrenamientos, Cano sigue construyendo un camino en el que lo importante no es solo llegar, sino todo lo que ocurre mientras tanto.
Incluso tras los grandes logros, la emoción es efímera. “Primero llega el alivio, luego la adrenalina y después una satisfacción tranquila”, explica. Pero esa sensación no dura demasiado: “El orgullo dura menos de lo que la gente piensa, porque al poco rato ya estás pensando en el siguiente proyecto”.
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