Hugo Sotelo llega al Levante... ¿error del Celta?

Guillermo Lanchas / 31-07-2026

 
 

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¿Está el Villarreal creando un problema con Alassane Diatta?

Nerea Mateos / 30-07-2026

 
 

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¿Ramis ya avisó? Los mensajes que retratan los problemas de Osasuna

Silvia Romera / 29-07-2026

 
 

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¿La Real se ha vuelto a equivocar? El Alavés pesca en Zubieta a Mikel Rodríguez

Silvia Romera / 27-07-2026

 
 

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Las palabras de Beñat Prados que abren el debate en el Athletic

Ana María Oprea / 26-07-2026

 
 

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La barbería de Málaga que se ha convertido en punto de encuentro de futbolistas de LaLiga

Rochi Nougues / 25-07-2026

 
 

Emiliano Sosa llegó a Málaga sin conocer a nadie y después de atravesar uno de los momentos más difíciles de su vida. Tras sufrir un violento robo en Argentina y ser víctima de una estafa nada más aterrizar en España, encontró en la Costa del Sol la oportunidad para empezar de nuevo. Hoy, su barbería se ha convertido en un lugar de referencia para futbolistas de LaLiga y de algunas de las principales competiciones europeas.

Málaga se ha convertido en mucho más que un destino turístico para numerosos futbolistas. La ciudad es también el lugar donde muchos de ellos confían su imagen a Emiliano Sosa, un barbero argentino que, gracias a la discreción y al boca a boca entre los propios jugadores, se ha ganado un hueco dentro del fútbol profesional.

Su historia comenzó lejos de la Costa del Sol. En Argentina había logrado construir su propia barbería hasta que un violento robo a mano armada cambió su vida. Aquella experiencia lo empujó, con apenas veinticinco años, a dejar su país y buscar una nueva oportunidad en España. Sin embargo, el comienzo tampoco fue sencillo. Apenas aterrizó fue víctima de una estafa que lo dejó prácticamente sin recursos y obligado a empezar otra vez desde cero. Lejos de rendirse, volvió a hacer lo único que conocía: trabajar.

Fue en Málaga donde encontró la oportunidad que cambiaría su destino. Sus primeros clientes relacionados con el fútbol llegaron gracias a jugadores del Málaga CF y, poco a poco, los cortes de pelo comenzaron a recomendarse dentro de los propios vestuarios. En un deporte donde la confianza es fundamental, el boca a boca hizo el resto y su nombre empezó a circular entre futbolistas de distintos equipos.

Ese crecimiento también ha ido acompañado de su presencia en HA10, desde donde ha seguido estrechando lazos con el fútbol profesional y reforzando su imagen dentro del sector. Mientras tanto, su barbería se ha consolidado como un lugar de confianza para jugadores que pasan por la ciudad o que buscan un servicio personalizado.

Con el paso del tiempo comenzó a trabajar con futbolistas que militan o han pasado por clubes como el Atlético de Madrid y el Real Betis, además de jugadores que compiten en algunas de las principales ligas europeas. Por su barbería han pasado nombres como Fabio Silva, Marc Pubill, Samu Castillejo, Aarón Anselmino, Manuel Lanzini y Thiago Almada, entre muchos otros profesionales que encuentran en Málaga un lugar de confianza para mantener una imagen impecable durante la temporada. En un entorno donde la exposición mediática es constante, la discreción y el trato personalizado se han convertido en dos de sus principales cartas de presentación.

Su trabajo también ha trascendido el deporte. Artistas como YSY A, Luck Ra, Papo MC y Skone forman parte de una cartera de clientes que sigue creciendo y que refleja el prestigio alcanzado por un profesional que comenzó de nuevo desde cero.

Hoy, mientras Málaga celebra el regreso del Málaga CF a Primera División, Emiliano Sosa también vive su propio momento de consolidación. El argentino que llegó buscando una segunda oportunidad ha convertido su barbería en un punto de referencia para futbolistas y artistas, demostrando que algunas de las mejores historias ligadas al deporte también se escriben lejos del césped. Desde Málaga, su trabajo ha cruzado fronteras hasta convertirse en un nombre de confianza dentro del fútbol español y europeo.

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Alonso Pérez, el joven lanzaroteño que apunta alto en la vela oceánica

Nayra de Ganzo / 21-07-2026

 
 

Algunos deportistas tardan años en encontrar el camino que les lleve hacia la élite. Otros, en cambio, parecen tener claro desde muy jóvenes cuál es su rumbo. Ese es el caso de Alonso Pérez, uno de los nombres propios de la vela lanzaroteña y una de las grandes irrupciones de la temporada en la exigente clase Mini 6.50.

Con apenas dieciocho años, el regatista ha logrado subirse al podio en todas las regatas disputadas este año, llegando incluso a liderar durante varias semanas el ranking de una categoría que reúne a cerca de ciento cuarenta embarcaciones. Un inicio brillante que confirma el enorme potencial de un navegante que sueña con cruzar el Atlántico en solitario.

Su relación con la vela comenzó casi por casualidad, durante un campamento de verano. Lo que parecía una actividad más terminó convirtiéndose en una pasión que marcaría su vida. “Empecé a navegar hace unos nueve años en un campamento de verano y desde ese verano no he parado de navegar en todos los barcos que me ofrecían”, recuerda.

Desde entonces, el mar ha formado parte de su rutina diaria. “No tengo un día exacto en el que decidiera dedicarme a esto. Simplemente me encanta este deporte e intento disfrutar del día a día”, explica.

A pesar de su juventud, Alonso ya ha pasado por diferentes modalidades de vela antes de dar el salto a la Mini 6.50, una de las categorías más duras y formativas de la vela oceánica internacional. Un paso que no fue improvisado, sino la consecuencia natural de todo lo aprendido durante años. “Las etapas anteriores han hecho la persona que soy hoy en día”, asegura.

Para él, la Mini 6.50 representaba la mejor puerta de entrada posible al mundo oceánico. “Era el siguiente paso que podía dar si quería entrar en la vela oceánica con buen pie y con mucha experiencia previa”.

La adaptación, no obstante, ha sido mucho más rápida de lo que incluso él mismo esperaba. En sus primeras regatas dentro de la categoría consiguió resultados que lo situaron entre los mejores desde el primer momento. “Me ha sorprendido incluso a mí”, reconoce para HA10.

Competitivo por naturaleza, afrontaba la temporada con objetivos mucho más modestos. “Para mí, tener el barco en el agua y completar regatas ya era una victoria”. Sin embargo, los podios comenzaron a llegar de forma constante y pronto se encontró liderando una de las clases más competitivas del panorama internacional.

Aunque actualmente ya no ocupa el primer puesto de la clasificación, haber estado en lo más alto siendo uno de los regatistas más jóvenes de toda la flota es algo que valora especialmente. “Significa bastante para mí”, afirma.

Más allá del resultado puntual, lo interpreta como una señal de que está avanzando en la dirección correcta. “Creo que demuestra que estoy por el camino adecuado y que en un futuro se pueden lograr cosas grandes”.

Su crecimiento esta temporada no se limita únicamente a la vela oceánica. También consiguió proclamarse campeón de la Lanzarote International Regatta en la clase Snipe, otro éxito que considera importante dentro de su formación. “Todas las clases tienen importancia en mi camino”, explica.

Cada experiencia suma en su evolución como navegante. “Cada hora que paso en el agua hace que crezca tanto como regatista como persona”.

Porque, si algo caracteriza a la Mini 6.50, es que obliga a los deportistas a enfrentarse constantemente a sí mismos. Navegar durante horas, gestionar la fatiga, tomar decisiones en solitario y soportar condiciones extremas supone un desafío físico y mental continuo. Una experiencia que le ha permitido conocerse mejor.

“He aprendido mucho sobre cómo funcionan mi cuerpo y mi mente”, señala. Y la principal lección ha sido descubrir que los límites están mucho más lejos de lo que imaginaba. “He aprendido que los límites de tu cuerpo están mucho más allá de lo que nos creemos”.

Todo este proyecto tiene un objetivo claro: la Mini Transat. La mítica travesía transatlántica en solitario es uno de los grandes sueños de cualquier navegante oceánico y también el gran reto que Alonso se ha marcado para los próximos años. “Representa sin duda el desafío más grande que me he propuesto”, reconoce.

Más allá de la competición, lo que más le atrae es todo lo que implica una aventura de ese calibre. “La experiencia y la incertidumbre de saber qué se sentirá al hacer algo tan grande”.

Antes de llegar a esa meta todavía quedan muchas millas por recorrer, pero él mantiene una filosofía basada en la paciencia y el trabajo diario. “Voy regata a regata, paso a paso”, explica.

Su principal objetivo esta temporada será disputar la Mini Atlántica, una exigente prueba que une Francia con las islas Azores y su regreso. Una competición que considera el mejor entrenamiento posible antes de afrontar el desafío transatlántico.

Mirando más allá, tampoco esconde cuáles son sus grandes aspiraciones dentro de la vela. Aunque prefiere no ponerse límites, sí tiene claro cuál sería el escenario ideal. “Mi gran sueño es poder vivir de la vela”, admite.

Y, si todo sigue avanzando como hasta ahora, le gustaría navegar algún día en algunas de las embarcaciones más prestigiosas del mundo oceánico, como los Figaro 3, los Class40 o incluso los imponentes IMOCA.

Porque, si algo demuestra la trayectoria de Alonso Pérez, es que la edad no siempre marca los tiempos del deporte. Con solo dieciocho años ya compite entre algunos de los mejores navegantes de la clase Mini 6.50, acumula podios de prestigio y ha comenzado a construir el camino hacia uno de los mayores desafíos de la vela mundial.

Y aunque la Mini Transat aún aparece en el horizonte, todo indica que Lanzarote ya tiene un nuevo talento dispuesto a conquistar el océano.

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Hay estrellas que no se cosen en una camiseta. Se quedan para siempre en el alma

Héctor Alonso / 20-07-2026

 
 

Esta estrella no empezó a bordarse en la camiseta cuando el balón cruzó la línea de gol. Empezó hace mucho tiempo, cuando España dejó de aceptar que el fútbol era una historia escrita siempre por otros. Cuando dejó de viajar a los Mundiales con la nostalgia de lo que pudo ser y empezó a hacerlo con la tranquilidad de quien sabe quién es.

Por eso esta estrella vale mucho más que una segunda.

Es la confirmación de una identidad.

Durante demasiado tiempo pareció instalarse la idea de que las finales solo se ganaban sufriendo, provocando, perdiendo tiempo, llevando cada acción al límite del reglamento. Como si el talento, por sí solo, nunca fuera suficiente. Como si para levantar la Copa del Mundo hubiera que ensuciar el partido antes que jugarlo.

Y durante muchos minutos de la final de Nueva York hubo escenas que parecían querer recordarlo. Interrupciones constantes, protestas, entradas al límite y un partido en el que España tuvo que marcar tres veces para que una acabara subiendo al marcador.

Ni siquiera el pitido final fue suficiente para apagar la tensión. Mientras España comenzaba a celebrar el sueño de todo un país, Leandro Paredes perdió los papeles y protagonizó un altercado que obligó a intervenir a varios jugadores e incluso a Lionel Scaloni. Después llegó otra imagen difícil de olvidar: mientras los campeones recibían sus medallas y levantaban la Copa al cielo, varios futbolistas argentinos dieron la espalda a la celebración española.

Hay derrotas que duelen.

Pero también hay derrotas que enseñan quién eres.

Porque aprender a ganar empieza, muchas veces, por saber perder.

Y quizá esa sea la mayor diferencia que dejó esta final.

Porque el fútbol, de vez en cuando, también tiene memoria.

Hay una distancia enorme entre competir con el alma y competir con rabia.

España nunca dejó de jugar.

Nunca dejó de buscar el balón.

Nunca dejó de creer que la mejor respuesta era seguir siendo fiel a aquello que la había llevado hasta la final.

Mientras unos intentaban romper el partido, otros seguían intentando construirlo.

Y esa es, probablemente, la gran enseñanza que deja esta noche.

No ganó únicamente un equipo.

Ganó una forma de entender el fútbol.

La paciencia frente a la ansiedad.

La serenidad frente al ruido.

La confianza frente al miedo.

No se trata de decir que una manera sea perfecta. Se trata de demostrar que el talento no necesita disfrazarse de violencia para imponerse. Que se puede competir con una intensidad feroz sin perder la dignidad. Que una entrada puede intimidar durante un segundo, pero una idea puede marcar a toda una generación.

España llevaba dieciséis años esperando volver a tocar el cielo. Y lo ha hecho sin renunciar jamás a su esencia. Con el balón como bandera. Con la personalidad como escudo. Con la convicción de que el camino también importa.

Quizá dentro de veinte años pocos recuerden quién marcó el gol que decidió aquella final.

Pero sí recordarán cómo jugaba esta selección.

Recordarán un equipo que parecía entenderse con una mirada.

Que disfrutaba teniendo el balón incluso cuando más quemaba.

Que nunca dejó de proponer.

Que convirtió el talento en una forma de competir y el respeto en una forma de ganar.

Millones de niños querrán parecerse a estos futbolistas. No solo por las copas que levantaron, sino por la manera en la que las conquistaron.

Porque las estrellas se bordarán en las camisetas.

Las fotografías acabarán amarilleando.

Las medallas dormirán algún día en una vitrina.

Pero hay algo que el tiempo nunca podrá desgastar.

La forma en la que un país volvió a mirarse al espejo y descubrió que no hace falta ensuciar el camino para llegar a la cima.

Porque las copas hacen historia.

Pero son los valores con los que las conquistas los que terminan convirtiendo esa historia en una leyenda.

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España, ¿y por qué no?

Héctor Alonso / 19-07-2026

 
 

Hubo un tiempo en el que España llegaba a los Mundiales con una maleta llena de esperanza y otra mucho más grande llena de excusas. Siempre había una explicación preparada para la derrota. El árbitro. El cuadro. La mala suerte. Los penaltis. El destino.

Nos acostumbramos a pensar que el Mundial era una fiesta a la que estábamos invitados, pero nunca llamados a apagar las luces.

Y entonces llegó una generación que cambió el verbo más importante del fútbol español.

Dejamos de decir "ojalá".

Empezamos a decir "¿por qué no?".

No fue solo Sudáfrica. Fue la forma de mirarnos. Descubrimos que el respeto no se pedía, se conquistaba. Que la camiseta no pesaba por el pasado, sino por el presente. Que los niños ya no crecían soñando con competir contra los mejores, sino con ser ellos.

Desde entonces han pasado años buenos y malos. Eliminaciones dolorosas. Días en los que parecía que aquel sueño había sido una excepción irrepetible. Incluso hubo momentos en los que volvimos a sentir ese viejo miedo de creer demasiado.

Pero el fútbol, cuando quiere ser justo, siempre encuentra la manera de devolver las cosas.

Y hoy España vuelve a jugar una final del mundo.

No porque la historia lo deba.

No porque el escudo gane partidos.

No porque alguien nos regale nada.

Sino porque un grupo de futbolistas ha conseguido algo mucho más difícil: que todo un país vuelva a sentir esa mezcla de nervios y tranquilidad que solo aparece cuando sabes que el rival puede ganarte... pero también sabes que tú puedes ganarle a cualquiera.

Al otro lado estará Argentina.

Un gigante. Un campeón. Un país que entiende el fútbol como una religión y que ha escrito algunas de las páginas más grandes de este deporte.

No hace falta despreciar su historia para valorar la nuestra.

Las finales importantes nunca necesitan villanos.

Solo dos equipos convencidos de que ese día puede ser suyo.

Quizá por eso esta final se siente diferente.

No es la ilusión ingenua de quien sueña con un milagro.

Es la serenidad de quien sabe que pertenece a este escenario.

España ya no pide permiso para sentarse en la mesa de los grandes.

Ya forma parte de ella.

Y, pase lo que pase esta noche, eso nadie podrá arrebatárselo.

Porque los Mundiales no solo se ganan levantando una copa.

También se ganan cambiando la forma en la que un país se mira al espejo.

Hace años viajábamos para ver hasta dónde llegábamos.

Hoy viajamos para intentar volver siendo campeones.

Y esa es, probablemente, la mayor victoria que ha conseguido esta generación antes incluso de que ruede el balón.

Porque dentro de unas horas habrá un campeón y un subcampeón.

Pero antes de que el árbitro señale el inicio ya existe una verdad que nadie puede discutir.

España ha vuelto a ese lugar donde solo llegan los que creen de verdad.

Ahora solo queda dar el último paso.

Porque las finales no las juega quien más las merece.

Las gana quien se atreve a pensar que puede hacerlo.

Y España, por primera vez en mucho tiempo, no solo puede.

España lo cree.

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El Sevilla FC explota: dos dimisiones en el Consejo y una pregunta que nadie quiere responder

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¿Genio o vendehumo? El discurso de Anselmi que ya divide al Elche

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Silvia Romera / 12-07-2026

 
 

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Logan Costa: del Villarreal al Mundial con Cabo Verde

Raúl Peraza / 11-07-2026

 
 

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Javi Cano y la escalada como un estilo de vida

Alejandro Hernández Blázquez / 08-07-2026

 
 

Javi Cano es un escalador de alto nivel que ha desarrollado su carrera entre la escalada deportiva y la escalada en roca tradicional, combinando proyectos de dificultad extrema con el encadenamiento de vías de noveno grado. Entre sus mayores logros destacan su ascenso de Underground, en Arco (Italia), y la primera ascensión de La Perla al Revés, en la Sierra de Gredos.

No hubo un único instante en el que su relación con la escalada cambiara para siempre. “Creo que no fue un momento exacto, sino una acumulación de sensaciones”, explica. Lo que empezó como una actividad para disfrutar y desconectar terminó convirtiéndose en su forma de vida, hasta el punto de que “llega un momento en el que organizas todo alrededor de entrenar, viajar y pensar en proyectos”.

El papel de su entorno cercano fue clave en sus inicios. Su hermano mayor, Juanjo, marcó el camino desde el principio. “Él veló por llevarme con seguridad por el buen camino y me enseñó el concepto del reto”, recuerda. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó cuando entendió algo más profundo: “El cambio real fue cuando entendí que incluso los días malos quería seguir escalando”.

Desde fuera, la escalada puede parecer un deporte ligado a la libertad y la naturaleza, pero la realidad es más dura y constante. “Hay una parte muy bonita de libertad, pero detrás hay rutina, lesiones, cansancio mental y renunciar a muchos planes”, explica. Cano insiste en que el esfuerzo invisible es enorme: “Entrenas durante meses para quizá caer en el mismo movimiento una y otra vez, y aún así vuelves al día siguiente”. En declaraciones a HA10, el escalador pone en valor todo el trabajo que permanece oculto tras cada ascensión.

A pesar de ello, no duda de la elección que ha hecho. “Me encanta, y es lo que mejor sé hacer, por lo que merece la pena dedicarle todos los días”, afirma. Esa mezcla de pasión y sacrificio sostiene una trayectoria en la que la constancia pesa tanto como el talento.

La diferencia entre la competición y la roca natural es, para él, absoluta. “Son casi dos mundos distintos”, resume. En el rocódromo todo está medido, controlado y estructurado, mientras que en la roca “la pared no te debe nada”. Para Cano, la comparación va más allá de lo técnico: “En competición luchas contra otros; en roca muchas veces luchas contra ti mismo”.

El crecimiento de la escalada hacia el circuito olímpico ha cambiado este deporte. “Se ha profesionalizado, ha ganado visibilidad y hay más recursos”, reconoce, aunque también advierte de un riesgo: “Existe la posibilidad de perder parte de la esencia más libre de la escalada”. Aun así, cree que ambos mundos pueden convivir si se respeta la identidad de cada uno.

La dimensión mental es uno de los aspectos más exigentes de esta disciplina. “A veces estás físicamente preparado, pero mentalmente te bloqueas porque te obsesionas con el resultado”, explica. Para Cano, la batalla más dura no está en los músculos, sino en la cabeza: “Hay que aprender a gestionar expectativas y la presión interna”.

El miedo también forma parte del recorrido. Ha vivido situaciones límite, especialmente en entornos extremos. “He tenido varios momentos donde sientes que una caída puede tener consecuencias reales”, admite. Recuerda con especial intensidad sus experiencias en Yosemite, donde pasó días en pared junto a su hermano: “Estás en modo supervivencia, todo se percibe distinto”.

El siete veces campeón de España asegura que uno de los aprendizajes más importantes de su carrera ha sido convivir con el fracaso. “Se aprende más de los proyectos que no salen que de los que encadenas rápido”, afirma. Para él, el error no es un obstáculo, sino una herramienta: “Si todo saliera a la primera, probablemente perdería gran parte del valor de este deporte”. Como explicó a HA10, esa capacidad para asumir el error ha sido determinante en su evolución como escalador.

Hoy, la escalada no es solo su actividad principal, sino también su forma de entender la vida. “El concepto de estilo de vida cuadra más que catalogarlo como un deporte normal”, resume. Entre viajes, proyectos y entrenamientos, Cano sigue construyendo un camino en el que lo importante no es solo llegar, sino todo lo que ocurre mientras tanto.

Incluso tras los grandes logros, la emoción es efímera. “Primero llega el alivio, luego la adrenalina y después una satisfacción tranquila”, explica. Pero esa sensación no dura demasiado: “El orgullo dura menos de lo que la gente piensa, porque al poco rato ya estás pensando en el siguiente proyecto”.

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Ante Budimir: de leyenda de Osasuna al sueño del Mundial con Croacia

Silvia Romera / 06-07-2026

 
 

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El Alavés estalla: la afición acusa al club de tratarlos solo como clientes

Raúl Peraza / 05-07-2026

 
 

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Manuel Ferrer Silva / 04-07-2026

 
 

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Leo Fioravanti, nuevo líder del mundo: de la gloria en Brasil al peso de la licra amarilla

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